martes, 11 de mayo de 2010
paseo y helado con D
lunes, 10 de mayo de 2010
Slow down
Es difícil recordar cuándo fue la primera vez que nos echaron el cuento que sentenciaba que había que hacer todo rápido porque ese era el ritmo de la vida. Es imposible rastrear el origen de esa creencia en un vertiginoso mundo que supuestamente se mueve cada vez con mayor rapidez. Hoy en día se nos repite constantemente que las cosas deben ir al ritmo de los tiempos actuales, sin embargo, no sé cuáles serán esos tiempos, pero parece que son los mismitos que inventaron desde la comida rápida hasta los créditos rápidos, pasando por la venta rápida, la entrega rápida, el auto rápido, el sexo rápido, todo lo han hecho fast, quick, express o al instante; hay muchos más ejemplos, pero entonces me tendría que tomar el tiempo necesario para enunciarlos.
La idea del sistema es simple: debemos de vivir a un ritmo acelerado y cambiar de estilo y de gusto con mayor frecuencia, así compraremos de manera acelerada más cosas que no necesitamos. El ritmo puede tornarse vertiginoso. Algo que portábamos en la mañana, a la tarde puede estar fuera de uso y en la noche quizá alcance a ocupar un lugar periférico en el armario, frecuentemente compartiendo armador con otras prendas exiliadas del día a día, bajas dentro de la guerra rápida con la que bombardeamos el resultado de cada amanecer. De manera general, la sociedad espera que a los 30 un hombre (o mujer) ya debió haber terminado la carrera universitaria (a quien chucha se le ocurrió ese nombrecito) plus a eso dos diplomados que le sirvan de edecanes al título universitario, dominar al menos cuatro idiomas (inglés y mandarín ya son casi una obligación), haber visitado París, Pekín, Praga y otras ciudades que comiencen con P, tener esposa, dos hijos, un perro, un gato, un yate y un jeep, sin olvidar el plan de ahorro de retiro y el aporte a alguna financiera. Si todo esto llega más tarde ya no será éxito, será atraso y una clara prueba de no haber aprovechado el tiempo de manera correcta.
Pero no todos queremos ir a ese ritmo, existimos ilusos como usted, como el inconformista, como yo que hemos decidido vivir a otro compás. Propongo bajar la velocidad y dejar de creer que la vida va en auto deportivo por una autopista de 6 carriles. Al contrario, vivir debe asemejarse más a viajar en un auto viejo por una carretera llena de curvas y huecos (como las de la época de lapentti). Como contraparte del sinuoso camino está el paisaje que invitaría a parar y comer pasabocas mientras uno toma fotografías de quien sabe cuántas cosas que no se logran disfrutar desde la autopista, mientras uno sonríe galvanizando sonrisas en las personas con las que disfruta el recorrido, que al final será lo que verdaderamente importa.
Lo primero es entender que no todo en la vida es tan importante como dicen. Si su jefe le pone un millón de papeles en el escritorio revise detenidamente uno de cada de 6 y, amparado en la probabilidad estadística, dele ligera menos atención a los demás, no se mate por las puras, consiga una buena cafetera, pero de las que dejan el café con el toque exacto, embriagante, que secuestra los cinco sentidos, de las cafeteras viejas donde el café demora en pasar y obligue a todos en la oficina a tomar café con usted algunas veces al día, eso no solo aliviará tensiones, sino que lo (la) acercará a quienes están alrededor suyo, de quienes puede aprender y a quienes puede enseñar, de que vale recorrer este largo camino si al final no replicamos lo que se nos fue enseñado. Y bueno ¿y los papeles? Tome en cuenta que hace años esos papeles no existían y desde entonces para acá el mundo sigue ahí…no se gaste tanto, al final son solo eso: papeles.
Deje de creer que debe ir a toda invitación que recibe, especialmente aquellas que lo obligan a salirse a mitad del compromiso por ir a otro compromiso en el cual solo estará un momento porque debe irse a otro más. Intentar hacer mucho en poco tiempo es legitimar y perpetuar la idea de los tiempos vertiginosos. Cuando hay poco por hacer el tiempo baja su ritmo e incluso puede llegar a detenerse. Agarre un buen libro y léalo despacio, haga pausas para contarle a alguien qué ha estado leyendo, mire llover, salga y camine bajo la lluvia, mire atardeceres, converse con más personas.
Sueñe un evento en el que quisiera estar. Un encuentro de amigos del colegio, la revancha de un partido jugado a los 15 años o cualquier cita especial. Suéñelo como un evento único, irrepetible. Organícelo para dentro de un año o dos y tal cual como se lo haya imaginado. La ilusión por vivir esa fecha tan lejana lo hará anhelar a diario que el tiempo pase más rápido. El resultado será como suele ser en la vida real: contrario al deseado. El tiempo pasará lento, muy lento. Soñar y fijar algo en el futuro es otra forma de hacer que el tiempo vaya más lento.
Finalmente tome en cuenta que vivir acelerado solo le traerá ulceras, gastritis, discusiones, problemas cardiacos, problemas incluso con gente que no conoce, y es que uno puede proyectarse a correr, pero siempre algún (a) idiota se cruzará con la boca abierta por su camino, ante eso, ir despacio le permitirá controlar mejor cada uno de sus movimientos. Llegará un día en el que armado (a) con taza y libro asista de vez en cuando a velorios y funerales de amigos caídos en combate por mantenerse en la lucha de seguir el ritmo acelerado que la sociedad le ha impuesto a sus vidas y en el que ellos han logrado llegar a su final. Déjese llevar en cámara lenta por el momento. Mientras recuerda cuanto aprendió o cuanto le enseñó a aquella persona (es posible que le haya enseñado algunas cosas pero usted lo ignore), puede sorber un poco de café lentamente y leer algunas frases del libro, que, dado el momento serán idóneas de una manera inimaginable, llore al/la amigo (a), disfrute el café y lea en voz baja algunos fragmentos del libro que el/la difunto (a) ya no podrá leer.
Puede que su amigo (a) haya terminado la carrera, pero usted sigue caminando.
viernes, 30 de abril de 2010
Aparece Virgilio

Me gusta cuando llueve, pero cuando llueve a cantaros, pareciera que el cielo se va a hacer pedazos, hay algo tan familiar en la lluvia, en cada una es como un eclipse de tiempo, siento que puedo viajar al pasado, a aquellos episodios de mi infancia donde jugaba o corría en la lluvia, mi abuelita diciéndome que me iba a resfriar, reírme y no hacerle caso, cada lluvia tiene algo tan familiar, pero cada lluvia es tan diferente, y sucedió, a mitad de una lluvia, caminando con las manos en los bolsillos y sumido en mis pensamientos, a varias cuadras de casa, a mitad de la calle, un hola me saco de mis ideas, quién eres - pregunté- aquel ser mantuvo su distancia y solo sonreía, asumí que era algún tipo loco, o que yo me estaba volviendo loco, a los pocos metros lo volví a ver, era extraño, a pesar de la lluvia no estaba mojado, y se materializaba y desmaterializaba a su antojo. Respuestas - dijo – soy lo que has pedido, soy Respuestas, lo miré con cierto aire de autosuficiencia, me gusta considerarme una persona demasiado inteligente como para que aparezca un gil impermeable y me diga que es Respuestas, dispuesto a seguirle el juego le dije: mucho gusto Respuestas soy Dante. Ya sé quién eres, de hecho estoy aquí precisamente porque se me ordeno estar, y déjame decirte que te equivocas, no eres Dante, solo eres su transporte, un vehículo, nada más, Dante se encuentra dormido en algún lado de tu subconsciente, o quizá deba decir sedado por tu consciente.
Es suficiente, no creo que deba escuchar a un loco como tú –dije- además que sabes de mi, de hecho que sabe el mundo de mi.
Comienzo a caminar, tratando de poner atención en aquellas palabras, y en el hecho de que el tipo no estaba mojado.
Respuestas: es muy fácil
Respuestas: nunca
Respuestas: hay un sistema médico en el infierno
Respuestas: pues…con tus antecedentes, con quien eres, con lo que eres aunque lo niegues, yo creo que ni aun reencarnando te alcanzaría a portarte bien lo suficiente
Apenas terminó de hablar desapareció, la lluvia se detuvo súbitamente y me encontré en mi cuarto, una extraña sensación de deja vu me incomodaba, no dejaba de pensar si solo había sido un sueño, o si había pasado en realidad…en el fondo un pequeño susurro me decía: fue un sueño, pero ¿qué te hace pensar que no fue real?
lunes, 26 de abril de 2010
Cultura

En medio del jolgorio de una calle cualquiera, propulsado por la sensación de libertad después de tantas clases, en un país ajeno, una noche de mitad de semana, entre sonidos punchísticos de carros tuneados y pantalones reguetoneros, caminaba con un vaso medio lleno de cerveza (estaba en fase optimista ON) hasta que el mejor amigo que nunca había visto en mi vida me detuvo con un abrazo que salía del fondo de su vaso y entre incoherencias logré distinguir que me decía: “bro, el asunto es que la gente acá en la región no es culta como en otros países”. Hielos cocteleros danzaban al compás de la correa metálica de su reloj importado de Suiza. Detalle más que suficiente para quedarme pensando el resto de la noche y alejarme de él para evitar un corte en mi inusual ánimo farrista. ¿De verdad la gente de este lado del mundo no es culta?
Diez pasos y un vaso más adelante encontré escrito “Sea culto, no orine en la pared”. Y aun cuando me cortaron la viada, me sentí aliviado de saberme culto por haber hecho caso a la pared. Diez vasos y un paso más adelante comencé a entender que en realidad no puede no haber gente culta. Bueno, creo que en ese momento tenía más sentido. Pero hoy, un analgésico, 3 mililitros de complejo B y un galón de agua más tarde, comienzo a darme cuenta de que el problema está en que no sabemos qué mismo es cultura.
Hegel, Strauss, Malinowski, Freud, Barbero, Kant y demás nombres aparecen en mi cabeza cuando pienso en cultura. Aun cuando de manera moderada sé qué dicen y como sus teorías, posturas y trabajos han guiado el desarrollo cultural alrededor del planeta, tengo entendido que usualmente la gente se remite a este tipo de personajes para visualizar la cultura, para darle un rostro, contextualizar lo incontextualizable, para sentirse interesantes y cultos. Entonces confirmo que mi formación ha servido para algo y lo que sabiamente me dijo una pared: soy culto. Pero quedo igual, no puedo empoderarme del concepto de cultura sin distorsionarlo y sin aplicarlo a realidades locales que de a poco se convierten en globales, sé qué es cultura y aun cuando no patento mi hipótesis de la espiral cultural creo que el problema radica en que cada vez que alguien menciona esa palabrita me remito a imágenes lejanas, a grupos étnicos, a chozas, a costumbres perdidas, sueños ajenos y quimeras imposibles, a arquitectura colonial, a Juan Montalvo, a cosas tan distantes que no las siento mías, buscando objetivizar lo que jamás ha sido objetivo. Ni Strauss, ni Malinowski ni Freud vivieron en la región, todos lejanos, todos muertos, o cuando menos distantes, ajenos… comienzo a pensar que la cultura está en algún otro lugar. ¿Será que la pared se equivocó?
Camino por las calles de mi ciudad y me doy cuenta de que todos tienen los mismos rostros tatuados con interrogantes. Me gusta pensar que piensan lo mismo que yo, porque así dejo de pensar que me siento solo. Y me doy cuenta de que ellos son mi cultura. Esos guayacos que andan intelectualizando en fiestas y haciendo fiestas en zonas intelectuales. Aquellos que disfrutan de arruinar la velada comentando de problemas de país y que hacen bromas en reuniones que tratan de problemas de país. Yo soy así y el tipo con el reloj suizo también, así como posiblemente lo sea el tipo que escribió aquel graffiti en la pared.
Humboldt alguna vez mencionó “los ecuatorianos viven pobres en medio de riquezas, tranquilos entre violentos volcanes y se alegran con música triste”. Tal vez la característica más relevante de la cultura de nuestro país sea la ironía, y si no relevante, por lo menos divertida. Me gusta sentir que vivo en una comedia gringa dónde sólo faltan las risas pregrabadas cada vez que converso en algún café con algún amigo. Sería genial que cada vez que entre a algún bar la gente aplauda, o escuchar el playback de “ooohs” cada vez que una novia me ha dicho que sería bueno darnos un tiempo.
En realidad la cultura actualmente es una suma de todos los siglos de historia que cargamos encima. Nunca hemos botado nada. Guardamos todo aquello que otras culturas desechan, que justo hoy es aquello que nos hace humanos. Por eso creo que la cultura debe encontrarse en el cajón de mi mamá. Desde los primeros dientes que perdí, las tarjetas de cumpleaños que le regalaron cuando tenía 5 años, el portarretratos que hice con fideos hace dos años, todo lo que cuenta la historia de mi familia, de mi ciudad, de mi gente están en ese cajón. Llegará el tiempo en el que un primer mundo despersonalizado se dé cuenta de lo lejos que ha dejado la humanidad y voltee su rostro sobre nuestra cultura. Ecuador…y quizá la región en el cajón de mi mamá.
Dedicado a aquel equipo multiétnico, multireligioso, multicultural y multilocos con los que me amanecí hablando del mundo, diseccionando el gran "por qué" y conjeturando sus variables, el mundo no es tan grande como parece, ya nos volveremos a encontrar.
domingo, 4 de abril de 2010
revistas femeninas
